P. N. de O. H. de 1933

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Este Plan es el primer reflejo de un planteamiento a nivel nacional, integral, del análisis de los recursos hídricos. Fue dirigido por Manuel Lorenzo Pardo y elaborado en el Centro de Estudios Hidrográficos. En este Plan, nunca finalmente aprobado, se abordan de manera conjunta los problemas hidrológicos nacionales, basándose en las diferentes realidades de las cuencas hidrográficas y tomando en consideración cuestiones no solamente hidrológicas, sino también geográficas, climáticas o económicas. Podría calificarse este Plan como la cristalización, tras un período de estudio técnico, racional y eficaz, del afán regeneracionista y la superación del Plan Gasset (1902) y sus actualizaciones, que podrían calificarse como la primera consecuencia de ese mismo espíritu.

El Plan, que fue presentado a las Cortes en mayo de 1933, fue editado en noviembre de ese mismo año para su mayor difusión y para facilitar su discusión. Constaba de tres tomos, el primero de los cuales, además de la Exposición General, realizada por Lorenzo Pardo y que es lógicamente el núcleo del Plan, contiene sendas presentaciones (pdf 4,39 MB) de Indalecio Prieto, ministro del ramo en el momento de la presentación del Plan, y de Rafael Guerra del Río, su sucesor en la cartera a partir del 12 de septiembre. En el segundo tomo se encuentra el estudio geológico que le da título, debido a Clemente Sáenz García, y además diversos antecedentes oficiales y recopilaciones de datos. En el tercer tomo se encuentran el Estudio agronómico debido a Ángel Arrúe Astiazarán y el estudio de Joaquín Ximénez de Embún titulado La repoblación forestal en sus relaciones con el régimen de los ríos.

Comienza el Plan con un análisis histórico que se orienta fundamentalmente al Plan de 1902, pues es al que se reconoce una intención planificadora, ya que las iniciativas de 1909, 1916 o 1919 son meras correcciones o actualizaciones que no tocan la sustancia del plan inicial.

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Gráfico contenido en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933

Se señala que el Plan de 1902 se orientaba a la mera localización de cerradas aparentemente propicias, sin que en la práctica haya coordinación o aprovechamiento conjunto. Se destaca también que ,exceptuado el Ebro, las propuestas se centraban en zonas occidentales en las que en realidad la necesidad de agua era mucho menos perentoria que en el sediento, y experto en manejo de agua, Levante. Tampoco hubo análisis de prioridades por rentabilidad económica y social y se cedió en muchas ocasiones al favoritismo y a las influencias locales. Se destaca especialmente la ausencia de datos hidrológicos concretos.

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Portada del primer volumen del Plan Nacional de Obras Hidráulicas (1933)

           

Tras el análisis histórico, el capítulo II se centra en la situación de las obras hidráulicas al redactarse el Plan, destacándose la escasez de personal técnico y lo exiguo de la dotación económica para la realización de estudios y proyectos.

El capítulo III presenta las directrices del Plan y en él se resalta la necesidad de una visión de conjunto. Se construyen metodologías y herramientas de análisis y síntesis con las que elaborar y refinar la información de modo que esa visión sea, en lo posible, realmente perceptible sobre un vivaz despliegue cartográfico. El Plan se orienta sobre todo a la agricultura, aunque no únicamente, pues se analizan también otros usos del agua y, desde luego, la forma de adecuar los servicios a las distintas necesidades. Como agricultura, en un sentido lato, se entiende en el Plan el uso biológico del suelo y engloba, por tanto, regadío, secano, pastizales, praderas, bosques, ganadería y vida salvaje.

Se trata, en primer lugar, de analizar para cada punto de la geografía nacional su potencial tanto de disponibilidad de agua como de aplicabilidad de la misma a los distintos usos. Así, desde el punto de vista extractivo se estudia cuánta agua hay, en qué condiciones y momentos se presenta, con qué eficacia en la posible regulación, con qué grado de garantía, a qué costo, con cuánta eficiencia en comparación con otros lugares, etc. Y desde el punto de vista de la aplicabilidad de los caudales regulados se contempla su posible aplicación a los distintos usos, en especial a los agrícolas, y así se consideran las localizaciones preferentes de los distintos cultivos por su mayor rendimiento y su menor consumo de agua.

La información de estos estudios y consideraciones se sintetiza en cuadros y mapas. Así, por ejemplo, en el bosquejo hidrográfico se incluyen mapas de distribución del caudal medio unitario, capacidad reguladora unitaria, irregularidad relativa, oscilación de los caudales medios, oscilaciones de las capacidades reguladoras y regímenes fluviales. Cada uno de ellos es comentado extensamente en sus implicaciones, constatando por los valores obtenidos lo que es oportuno y lo que no lo es en distintos puntos o en distintas cuencas, marcando las diferencias de tratamiento que merecen distintas personalidades hídricas. Por ejemplo, el mapa de distribución del caudal unitario medio permite resaltar que, a diferencia del Ebro, en el Duero no procedía un gran embalse de cabecera, sino que la regulación debía ser múltiple, centrada en los afluentes, lo que por sus lógicas irregularidades lleva a una gestión más difusa. Al Tajo le corresponde una situación intermedia, más parecida al Ebro. El Guadiana, por su alta infiltración, tiene una cabecera inadecuada para regular hasta Cíjara, etc.

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Mapa contenido en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933

Con relación a la integración de los diferentes usos en el Plan se señalan criterios generales.

Así, por ejemplo, con relación a la contribución, siquiera modesta pero positiva, que a la recuperación forestal aporta el incremento del regadío, el Plan señala que la puesta en regadío de extensas zonas permite, al aumentar la productividad, reducir la superficie cultivada y consecuentemente interrumpir la política de nueva roturación, haciendo posible incluso devolver al bosque terrenos antes invadidos. Además de estas iniciativas recuperadoras se listan por regiones las especies arbóreas autóctonas más interesantes desde el punto de vista de la protección del suelo frente a la erosión. El tema es tratado con más amplitud en el anejo correspondiente.

Con relación a la producción eléctrica señala el Plan que la producción de energía es el segundo e importantísimo aspecto del plan. El criterio aplicado consiste en subordinar este uso al agrícola, por su mayor interés social. Pero también se indica que, en la práctica, los casos de incompatibilidad total son escasos, mientras que las economías por uso conjunto son importantes. Por otra parte se señala que las obras regularizadoras de finalidad agrícola contribuyen en forma notable, si se coordinan bien en la explotación, a la eficiencia de los saltos eléctricos de aguas abajo. En resumen, hay mucha más ayuda mutua que incompatibilidad.

También se demuestra en el Plan cómo la regularización de cabecera ayuda a las captaciones de abastecimiento urbano, máxime si, como sucedía en esa época, eran de modesta cuantía las migraciones estacionales de la población.

Por lo que especta a encauzamientos y defensas, en el Plan se señala su gran dificultad, reconociendo fracasos del pasado y proponiendo la creación de un Laboratorio de Hidráulica Fluvial que apoye los proyectos de esa naturaleza (ese laboratorio existe hoy en el Centro de Estudios Hidrográficos). Indica también que en los casos más graves unos embalses adecuados pueden atenuar la punta de la avenida. Ni unas ni otras obras presentan, según el Plan, incompatibilidades esenciales con los usos antes comentados.

También la navegación interior por cauces y canales, a la que desde hace años ha dedicado Lorenzo Pardo numerosos estudios y propuestas, por estimarla una contribución importante a la competitividad económica de la producción del interior de la Península, es objeto de atención destacada en el Plan. Se propone la conveniencia de estudiar la viabilidad de alcanzar Córdoba y Caspe, pues los restantes ríos con navegación no se prestan a ampliar la ya disponible. Esta parte de sus planes, que le era tan querida a Lorenzo Pardo como para quedar simbolizada en el sello del Centro de Estudios Hidrográficos, es quizás la única que no se ha convertido en realidad.

Una vez delimitadas las potencialidades hídricas y agrícolas de todo el territorio el Plan define los objetivos a cumplir y, a partir de ahí, empieza la planificación propiamente dicha, asignando de la forma más eficiente posible los recursos hídricos a la consecución de dichos objetivos. Todo ello condicionado no sólo por la coordinación armoniosa de los distintos usos, sino también por las posibilidades concretas de disponer zonas adecuadas para la ejecución de los embalses y canales que efectuarían las regulaciones y transportes pretendidos, y por las disponibilidades de fondos económicos y de hombres capacitados para ejecutar esas obras y realizar esos cultivos. Dada la situación económica tras la crisis de 1929 el planteamiento es altamente autárquico, al menos para una primera etapa. Los objetivos económicos del Plan se orientan a conseguir, en una primera fase, la eliminación práctica de las importaciones agrícolas, y, en una segunda fase, pospuesta hasta la finalización de la crisis económica internacional, la obtención de un considerable saldo exportador.

En el Plan se destacan las limitaciones derivadas de la escasez de datos hidrológicos en buena parte de la península. Así, por ejemplo, aunque en el Plan se manejan datos de 65 estaciones de aforo del Ebro, sólo se dispone de 57 estaciones para el conjunto de las restantes cuencas. A este respecto el Plan indica que sólo puede confiarse en deducir algún resultado global, algunas indicaciones de carácter fundamental y general, porque los datos disponibles son escasos en número y los aprovechables escasísimos. No obstante, se prestan a observaciones orientadoras y a comentarios muy útiles para la concepción del plan. Aún así, el salto cualitativo es tan grande en relación a la situación anterior, el conocimiento sobre el terreno y la habilidad en el análisis del equipo del Plan son tan grandes, que se traducen en que la utilidad real sobrepasaría, como demostró el tiempo, a la que en el Plan se consideraba prudente avalar.

Por esta escasez inicial de datos que, en hipótesis, se podría corregir en los primeros años de aplicación del Plan, y por la presumible evolución en el tiempo de la situación nacional e internacional, el Plan, aunque completo, se concibió como periódicamente revisable. A ello hay que añadir que, al ser un plazo de ejecución prolongado (25 años), en cada etapa debían abordarse las inversiones más rentables y que ya tuvieran suficientemente garantizada la adecuación a la realidad de los datos en que se basaba su rentabilidad.

Una constatación importante en el Plan fue que el desequilibrio hídrico en la península penalizaba fuertemente a las tierras fértiles del Levante. La conveniencia de buscar paliativos a una prolongadísima sequía que estaba asolando Almería y Murcia llevó el 24 de octubre de 1932 a Lorenzo Pardo y algunos de sus colaboradores a la zona. Comentando posibles soluciones en el viaje de vuelta, fueron desechadas las transferencias desde el Júcar o el Guadalquivir por ser recursos necesarios en sus cuencas. Clemente Sáenz hizo la observación de que el Tajo y el Júcar tienen en sus cabeceras cursos paralelos de pendientes opuestas como dos floretes en posición de guardia. La proximidad hacía factible en principio el paso por un túnel de una cuenca a otra. Éste fue el germen de la idea del trasvase del Tajo al Levante que fue incluida en el Plan y que muchos años después se traduciría en el trasvase Tajo-Segura, ejecutado según proyecto del Centro de Estudios Hidrográficos.

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Uno de los planes regionales del Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933

Termina la memoria del Plan con una lista por cuencas de las obras propuestas con carácter preferente, dividiéndolas en dos etapas e indicando también las obras excluidas y cuya incorporación al Plan se remite a un futuro análisis más pormenorizado. Con esto último se corta valientemente la política de falsas promesas, aunque en buena lógica muchos de los decepcionados se tornen enemigos del Plan.

El presupuesto de las obras se cifra, en forma aproximada, en 1.178.105.000 pesetas para la primera etapa y 717.690.000 para la segunda. De esas cifras resulta para los regadíos mejorados un costo medio de unas 450 pesetas por hectárea y para los nuevos regadíos un precio medio de 1.474 pesetas por hectárea. El presupuesto se refiere a las obras del Plan, esto es, pantanos reguladores, canales y acequias principales, y no incluye acciones del sector privado como acondicionamiento de suelos para el cultivo, accesos, vallados, silos, alojamientos, etc.

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Gráfico de actividad incluido en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933

En cuanto a los Anejos del Plan contienen, en primer lugar, todos los datos básicos de los anteriores planes. También incluyen las elaboraciones de los datos hidrológicos que sustentan lo afirmado o mostrado en la memoria y hay, además, un texto de Lorenzo Pardo sobre bases para la formación del Plan. Por último, y como más destacable, tres anejos con autor propio como ya se ha mencionado, relativos a los aspectos geológicos, agronómicos y forestales.

El estudio de Clemente Saénz lleva por título Las formaciones geológicas en España con relación al aprovechamiento de sus ríos. Incluye unas descripciones preparatorias muy sintéticas y completas relativas a la formación geológica de la península, su estratigrafía (delimitando las Hispanias silícea, calcárea y arcillosa) y tectónica, historiando los movimientos, y finaliza la exposición preparatoria con la formación de los ríos y la descripción de la estructura de sus cuencas, haciendo notar que la existencia de la meseta hace que en la mayoría de nuestros ríos haya cuatro tramos: primero y tercero de fuerte pendiente y segundo y cuarto más bien llanos.

A continuación muestra con exhaustivos ejemplos cómo la división mencionada hace propicios los tramos primero y tercero para saltos hidroeléctricos, y segundo y cuarto para los cultivos, esto último tanto por razones hídricas y topográficas como edafológicas. De consideraciones estratigráficas deduce también consecuencias amplias sobre el artesianismo y las zonas con posibilidades para pozos. Por último efectúa un análisis de los criterios geológicos para localizar buenas cerradas. En este punto critica la obsesión anterior por localizar cerradas muy estrechas, pues suelen corresponder a cañones calizos, haciendo patente que esa situación comporta vasos estrechos y de fuerte pendiente, es decir, de poca capacidad, y que además son presumiblemente permeables. Por el contrario, recomienda terrenos del mioceno inferior y del oligoceno alto que invierten esos defectos. Sugiere también que las capturas de los ríos con su inversión de la pendiente son propicias a grandes vasos y que en los cañones rocosos las presas se deben ubicar, en principio, en su entrada. Estos criterios metodológicos vienen ilustrados con multitud de casos en los que hay un apoyo en el mapa geológico para deducir localizaciones de presas.

En el estudio agronómico de Ángel Arrúe se aporta la amplísima documentación elaborada por el Centro de Estudios Hidrográficos para ser extractada en la memoria. Comienza el trabajo por constatar las importaciones nacionales de la década anterior para diversos rubros (productos alimenticios, maderas, animales y sus despojos, lanas y fibras textiles), valorando su costo para cuantificar la sangría de divisas que se deseaba cortar. También se analizan las exportaciones para constatar los puntos fuertes en los que se podría aumentar la producción. Se pasa al análisis producto a producto, desde el trigo al ganado y sus piensos, pasando por varios más. Se proponen objetivos de producción y, así, superficies a transformar en regadío fijando su distribución regional y las características de calidad o clase de la producción agrícola a conseguir. Se fijan con ello las zonas a transformar a nuevos usos, así como las dotaciones de agua necesaria y las épocas en las que este agua debía llegar.

El estudio de Joaquín Ximénez de Embún La repoblación forestal en relación con los regímenes de los ríos comienza también indicando que los datos disponibles son muchos menos que los deseables. Pese a ello puede manejar algunos llamativos resultados globales como que consumiéndose por habitante en España veinte veces menos madera que en Suecia y un quinto de la media europea, se necesitaba importar 2.600.000 metros cúbicos, con lo que se entendía absorbible por el mercado un incremento en producción de 5.000.000. Se analiza muy especialmente si las condiciones ecológicas actuales permiten asegurar posibilidades de buen éxito para la repoblación artificial que se propone. Para ello se estudian los climas forestales de la península y el carácter de sus suelos, llegando a la conclusión de que es factible pero con dificultades de ordenación para compatibilizarlo con el aumento de pastos, dificultades de tiempo, por requerir un plazo superior a los veinte años, y dificultades sociales, por la alteración de su forma de vida a los usuarios de los montes degradados que constituyen capas sociales muy vulnerables por su escasa formación. En otra línea se hacen estimaciones de la erosión y degradación en avenidas, aún pequeñas, de los suelos desprotegidos de algunas cuencas. Por último, analizando suelos, pendientes y climas se presenta una relación por cuencas y subcuencas de las zonas en las que, desde los puntos de vista maderero y de protección, resulta más conveniente la repoblación.

Tejuelo del ejemplar del Plan Nacional de Obras Hidráulicas entregado a Jiménez Yerro.

El Plan fue presentado el 31 de mayo de 1933 para su discusión en la Comisión de Obras Hidráulicas de las Cortes. Los trabajos de la Comisión procedían lentamente y una nueva crisis política, en septiembre, llevó a la disolución de las Cortes, lo que frenó la discusión del Plan. Sin embargo, el debate del Plan continuaba con algunas voces muy críticas como las de José Nicolau Sabater, proyectista de los riegos del Alto Aragón, que no los veía suficientemente incluidos en el Plan, o Félix de los Ríos, que proponía un trasvase desde el Ebro. También destacaron en sus críticas Pedro González Quijano, Pedro Montaner y Ruiz de Guevara. Pese a esta oposición el Plan, entendido como bosquejo, según declarada intención, y no como propuesta cerrada, según parecían entender la mayoría de sus oponentes, tuvo una acogida lo suficientemente favorable como para que el 1 de julio de 1934 se publicaran en la Gaceta unas Bases que suponían la aceptación oficial de las directrices. Además se revitalizaron las Confederaciones, con la recuperación de sus atribuciones iniciales, que eran las llamadas en el propio Plan a desarrollarlo. El Centro de Estudios Hidrográficos, según su misión, continuó perfeccionando el Plan y abordando además algunos estudios concretos, hasta su supresión el 16 de marzo de 1936.